domingo, 28 de septiembre de 2025

LA TIRANÍA DEL MONOTEMA

Cuando una preocupación se instala en nuestro interior, tiene el poder de monopolizar por completo la mente. Se convierte en un monotema que no solo consume nuestros pensamientos, sino que domina cada conversación y situación. Nos volvemos expertos en ese asunto, mientras todo lo demás queda relegado a un segundo plano.


Esta obsesión nos lleva a fabricar una realidad a medida, una verdad en la que cada detalle encaja perfectamente con nuestra perspectiva. Nos armamos de argumentos para defenderla, y cualquier punto de vista que difiera del nuestro es percibido como una amenaza. Con el tiempo, nuestra vehemencia se intensifica, y nos expresamos con una pasión que, lejos de persuadir, puede llegar a abrumar a quienes nos rodean.

En este estado de ensimismamiento, perdemos la capacidad de escuchar de verdad. Nos limitamos a oír a los demás, pero no procesamos sus palabras. En lugar de conectar, usamos sus intervenciones como pausas para recuperar el aliento y continuar con nuestro monólogo. Esta falta de empatía es palpable y, a menudo, hace que los demás dejen de contradecirnos, no por estar de acuerdo, sino por no querer alimentar un debate agotador.

Este comportamiento nos lleva a ser mezquinos y acaparadores, no solo con el tiempo y la atención de los demás, sino también con el espacio para la diversidad de ideas. Despreciamos las perspectivas ajenas porque las consideramos inferiores, y cualquier crítica se interpreta como un ataque personal. Al final, nos encerramos en nuestra propia verdad, ignorando el hecho de que el verdadero crecimiento personal y la comprensión genuina se logran al exponerse a otras visiones.

Vivir en un monotema nos aísla en un universo de una sola voz: la nuestra.

El monotema como mecanismo de autodefensa

El monotema no es solo una simple repetición de ideas; es un mecanismo psicológico de autodefensa. Cuando algo nos inquieta profundamente, la mente busca desesperadamente una solución o, al menos, un control sobre la situación. Al convertirlo en un tema central, creemos que lo estamos analizando, dominando y, finalmente, resolviendo. Sin embargo, lo que realmente sucede es que entramos en un ciclo de rumia, donde los mismos pensamientos se repiten una y otra vez sin llegar a una conclusión productiva.

Este proceso nos lleva a la polarización del pensamiento. El mundo se divide en "a favor" o "en contra" de nuestra causa. Aquellos que nos apoyan son aliados, mientras que quienes tienen una opinión diferente son vistos como adversarios. Esta dinámica simplista no solo empobrece nuestras relaciones, sino que también nos vuelve incapaces de apreciar los matices de la vida. La complejidad se vuelve un enemigo, y nos aferramos a la comodidad de la certeza, aunque esta sea una construcción propia.

La consecuencia más grave es el estancamiento personal y social. Al rechazar cualquier información que desafíe nuestra narrativa, perdemos la oportunidad de aprender y crecer. Nos volvemos prisioneros de nuestra propia perspectiva, y nuestra capacidad de adaptarnos y evolucionar se atrofia. En el ámbito social, esta actitud crea divisiones y conflictos. La falta de escucha genuina impide el diálogo constructivo, y el respeto por las diferencias se desvanece, dejando un vacío que solo puede llenarse con resentimiento y alienación.

La era de las cámaras de eco

La tendencia a los monotemas se ha visto exacerbada en la era digital por las redes sociales. Estas plataformas actúan como cámaras de eco, donde es fácil encontrar y rodearse de personas que comparten nuestras mismas ideas. Este fenómeno refuerza nuestras creencias y nos hace sentir validados, pero también nos aísla de opiniones contrarias y de la diversidad de pensamiento.

Las redes sociales nos permiten construir una burbuja de información personalizada, donde solo consumimos contenido que refuerza nuestra perspectiva. Los algoritmos están diseñados para mostrarnos lo que queremos ver, creando una ilusión de consenso. Esta dinámica no solo perpetúa nuestros monotemas, sino que también intensifica nuestra vehemencia al defenderlos.

Además, la inmediatez y la constante actualización de las redes sociales nos mantienen en un estado de alerta y preocupación. Cada nueva publicación, comentario o noticia relacionada con nuestro monotema actúa como un recordatorio, reforzando nuestra obsesión. Este ciclo de retroalimentación puede ser agotador y perjudicial para nuestra salud mental, ya que nos impide desconectar y ver las cosas desde una perspectiva más amplia.

Para romper con este ciclo, es fundamental desarrollar la capacidad de escuchar activamente y de exponernos a diferentes puntos de vista. La verdadera empatía y comprensión se logran cuando somos capaces de abrirnos a la diversidad de ideas y de aceptar que nuestra verdad no es la única. Solo así podremos crecer personalmente y contribuir a un diálogo más constructivo y enriquecedor.

LIBRO RECOMENDADO

El libro "Camino de Santiago: Anécdotas y reflexiones" de Erik Sepúlveda Madsen no se enmarca en el género de la narrativa tradicional ni en el de una guía exhaustiva. Se presenta más bien como una obra intimista y espontánea, una colección de vivencias, percepciones y pensamientos que surgen del autor durante su peregrinaje por el Camino. Su evaluación por lo tanto, debe enfocarse en esta naturaleza personal del texto.

El principal acierto de Sepúlveda es ofrecer una perspectiva genuina y sin filtros del Camino. El libro no busca imponer una verdad, sino compartir una experiencia. A diferencia de las guías turísticas que se centran en datos concretos, esta obra se sumerge en el aspecto humano del viaje. El autor logra capturar la esencia de la peregrinación como un proceso de transformación personal, donde cada paso es una oportunidad para la introspección.

El estilo narrativo, lejos de ser pulido, es directo y coloquial, lo que refuerza la sensación de estar escuchando a un amigo que te cuenta sus andanzas. Las anécdotas son el hilo conductor, pequeñas pinceladas que ilustran los desafíos, las sorpresas y las conexiones humanas que se forjan en la ruta. Esta autenticidad es, sin duda, el mayor valor del libro.

Entre la guía y el diario

El principal desafío de la obra radica en su misma estructura. Al ser un compendio de anécdotas y reflexiones, carece de un arco narrativo tradicional. Esto puede desorientar a algunos lectores que busquen una historia con un principio, desarrollo y final definidos. La transición entre un relato y una reflexión a veces es abrupta, lo que le confiere un aire de diario personal más que de una obra literaria cohesionada.

Además, si bien la sinceridad del autor es refrescante, el enfoque personal puede no ser del agrado de todos. Aquellos que buscan una descripción detallada de los albergues, la historia de las etapas o datos prácticos del Camino, encontrarán que el libro se queda corto. Es fundamental entender que el objetivo de Sepúlveda no es dar una guía, sino ofrecer un testimonio.

Un libro para peregrinos de corazón

En conclusión, "Camino de Santiago: Anécdotas y reflexiones" es un libro para aquellos que ya conocen o que se sienten atraídos por la dimensión más introspectiva del Camino. No es una guía para planificar tu viaje, sino una invitación a reflexionar sobre el significado de la peregrinación, tanto física como espiritual. Es una lectura ideal para inspirar a futuros peregrinos o para recordar a quienes ya lo han sido que el verdadero viaje está en el interior, en cada paso y en cada encuentro. Su fuerza radica en su honestidad y en la capacidad del autor para transmitir el espíritu del Camino sin pretensiones.

Además, todos los beneficios de su obra, serán para la «Asociación de Familiares y Enfermos de Alzheimer y Parkinson, A.F.A.» de Alcalá de Henares.



domingo, 21 de septiembre de 2025

CRÍTICAS Y CRÍTICOS

Cuando realizas algún tipo de trabajo en el que intervienen tu criterio o tu proceso de creación, si es solo para ti, será tu tesoro. Pero si ese trabajo lo haces público, quedarás expuesto a la opinión de los demás. A unos se la pedirás, mientras que el veredicto de otros será gratuito. De cualquier modo, debes estar preparado para admitir todas las críticas, las que te gusten y las que no. Estas últimas, si no las ves venir, duelen.


A mí me han hecho de las dos, y todas me han ayudado a mejorar. Aunque reconozco que algunas, sobre todo a mi edad, se les ve asomar la patita del interés. Son críticas que te recriminan que no tienes un estilo literario adecuado, o que repites mucho alguna palabra, aun cuando eres consciente de lo que has hecho y te gusta así porque consideras que afianza una conversación. O cuando te dicen que falta un acento en un pronombre demostrativo, que desde la Ortografía de la RAE de 2010 se dejó de utilizar. O cuando te dicen que empleas la tercera y la primera persona en el mismo texto, como si fuera un descuido, y no lo es; con solo dos páginas de trescientas ya desprecian tu trabajo.

En fin, yo no sigo el estilo de nadie. A quien le guste lo que escribo, que lo lea, y a quien no, pues que no lo lea. El estilo que sigo es el mío, con un lenguaje sencillo, de andar por casa. No es para eruditos, es un lenguaje para la gente sencilla, sin palabras rebuscadas, sin lírica, pero que cuenta historias que a mí me emocionan y pretendo que lleguen a emocionar a quien lo lee, si es que es capaz de pasar de la segunda página.

Por otro lado, yo no pretendo ser famoso ni que nadie me recuerde con el tiempo, pero, aunque por un azar de la vida llegase a serlo, eso tampoco te garantiza que tu fama llegue a ninguna parte. Figuras como Ángel María de Lera (Premio Planeta en 1967), Concha Méndez (poetisa y dramaturga de la Generación del 27 con gran talento) o José María Hinojosa (miembro de la Generación del 27, cuya carrera literaria se vio truncada por su fusilamiento en la Guerra Civil), no han logrado pasar el transcurso del tiempo y se han perdido en él. Es muy difícil ser un Cervantes y es muy pretencioso querer serlo. Al fin y al cabo, somos ceniza que volverá a la tierra y servirá de germen para que otros crezcan.

Pero sí, me gusta decir sí y repetir hasta la saciedad que sí que creo en mí y en los demás. Y repito palabras aunque haya a quien no le guste, porque a mí sí.

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