A veces, cuando nos juntamos en grupos familiares o de amigos, y sobre todo en esta época de crispación, evitamos ciertos temas para no discutir: no hables en la cena de política, ni de religión, ni de fútbol. Y nos pasamos toda la cena con conversaciones aburridísimas para no discutir. Porque los íberos somos temperamentales y calientes como nuestro clima. Esta autocensura actual en cenas de Navidad o reuniones de amigos es el síntoma de una sociedad que tiene miedo de su propio temperamento. Sabemos que, si abrimos la caja de los truenos (política, fútbol, religión), nuestro fuego interno puede quemar puentes difíciles de reconstruir.
Los políticos que desentierran heridas y muertos están muy equivocados, porque, excepto aquellos que buscan un beneficio en la miseria del enfrentamiento humano, los demás están ya cansados de esta artimaña. Por lo general, el español es generoso y solidario, capaz de dejarlo todo por ayudar al vecino, convencido de que cuando a él le haga falta, el vecino le ayudará. Y ese sentimiento es el que al final triunfa y lo seguirá haciendo siempre, porque nadie quiere vivir en el enfrentamiento constante y en la eterna rivalidad; es mejor compartir cerveza y pincho que hambre y piojos.
El escenario actual parece haber invertido los valores. Mientras el pueblo se ayuda en la calle, la narrativa política busca la fractura, porque el voto cautivo es más fácil de gestionar que el voto crítico. Desenterrar fantasmas no busca justicia, a menudo solo busca distracción. Al final, el instinto del español es el de la convivencia. Por mucho que nos intenten separar en bandos, la realidad a pie de calle es que preferimos el contacto humano, el abrazo y la ayuda mutua. La miseria del enfrentamiento es un negocio para pocos, mientras que la solidaridad es el patrimonio de todos.
En primer lugar, a mí esta novela llegó a volarme la cabeza (dicho en el buen sentido). A veces me canso de los protagonistas perfectos que parecen de mármol; en cambio, Lucas Vega se ha marcado unos personajes que duelen de lo reales que son. Tienen sus luces, sí, pero sus sombras son lo que te engancha. Cometen errores, se dejan llevar por el rencor y aman de esa forma, un poco desesperada, que todos hemos sentido alguna vez.
¿Vieron que hay libros que tienen "relleno"? Este no es uno de ellos. La trama avanza con una agilidad increíble y el título no engaña: es un constante vaivén entre la pasión y el conflicto. Cuando crees que las aguas se calman, Vega te lanza un giro que te deja pensando: "¿En serio acaba de pasar esto?".
Lo que más he disfrutado es cómo maneja el contraste. El autor logra que pases de la ternura más absoluta a una tensión que te pone los pelos de punta. No es solo una historia de "chico conoce a chica"; es una exploración de cómo el odio puede nacer del mismo lugar que el amor.
Si quieren saber mi veredicto personal, les puedo decir que, si buscan una lectura que sea directa y sin pretensiones, cargada de sentimiento crudo y de esas que te terminas en dos sentadas porque necesitas saber qué pasa, entonces háganse un favor y consigan el primer volumen. Me encanta que no intente ser una novela filosófica pesada, sino una historia viva, de esas que te dejan con ganas de comentar cada capítulo por el grupo de Wasap. Es una novela con mucha "garra". Se nota que el autor puso el corazón en el papel y eso, entre tantos libros prefabricados que hay por ahí, se agradece muchísimo.


