domingo, 15 de febrero de 2026

SOLIDARIDAD

Los españoles somos así: protestamos por casi todo, aunque, eso sí, solo lo hacemos en el bar; después, cuando toca hacerlo donde debe ser, esperamos que sea otro quien dé la cara. Hay otras características que nos definen, como la fuerza del avispero: cuando alguien de fuera se mete con España, salimos en tromba y arrasamos, aunque nos cueste la vida. Pero de la que quiero hablar hoy es otra: la solidaridad. No hay nadie en el mundo tan solidario como los españoles; estamos a la cabeza en donación de órganos, casi nunca falta sangre en los bancos, organizamos maratones o colectas para salvar a un niño con una enfermedad rara, limpiamos de petróleo una costa entera y, últimamente, sacamos agua y barro de donde sea y de quien sea, aunque a quien haya que ayudar sea esa familia con la que nos llevamos mal. Después, cuando termine todo, nos volveremos a llevar mal, pero ahora necesita mi ayuda.



A veces, cuando nos juntamos en grupos familiares o de amigos, y sobre todo en esta época de crispación, evitamos ciertos temas para no discutir: no hables en la cena de política, ni de religión, ni de fútbol. Y nos pasamos toda la cena con conversaciones aburridísimas para no discutir. Porque los íberos somos temperamentales y calientes como nuestro clima. Esta autocensura actual en cenas de Navidad o reuniones de amigos es el síntoma de una sociedad que tiene miedo de su propio temperamento. Sabemos que, si abrimos la caja de los truenos (política, fútbol, religión), nuestro fuego interno puede quemar puentes difíciles de reconstruir.
Y todo esto lo ha provocado la política, y unos políticos sin escrúpulos que piensan que es mejor que nos llevemos mal para beneficiarse ellos. En la transición, quienes la vivimos fuimos capaces de convivir con heridas que todavía sangraban y, en el parlamento, habían políticos que participaron en esa guerra cruel donde se enfrentaron vecinos y familiares. Fuimos capaces de perdonar para salir adelante y creamos un país cuya prosperidad es palpable todavía hoy en día.

Los políticos que desentierran heridas y muertos están muy equivocados, porque, excepto aquellos que buscan un beneficio en la miseria del enfrentamiento humano, los demás están ya cansados de esta artimaña. Por lo general, el español es generoso y solidario, capaz de dejarlo todo por ayudar al vecino, convencido de que cuando a él le haga falta, el vecino le ayudará. Y ese sentimiento es el que al final triunfa y lo seguirá haciendo siempre, porque nadie quiere vivir en el enfrentamiento constante y en la eterna rivalidad; es mejor compartir cerveza y pincho que hambre y piojos.

El escenario actual parece haber invertido los valores. Mientras el pueblo se ayuda en la calle, la narrativa política busca la fractura, porque el voto cautivo es más fácil de gestionar que el voto crítico. Desenterrar fantasmas no busca justicia, a menudo solo busca distracción. Al final, el instinto del español es el de la convivencia. Por mucho que nos intenten separar en bandos, la realidad a pie de calle es que preferimos el contacto humano, el abrazo y la ayuda mutua. La miseria del enfrentamiento es un negocio para pocos, mientras que la solidaridad es el patrimonio de todos.

LIBRO RECOMENDADO

La novela "Lucha y derrota 1: Amor y odio" es la primera parte de una trilogía escrita por Lucas Vega. Ya lo sé, no es un escritor conocido y su novela solo se puede encontrar en Amazon, que es donde publicamos a los que nos gusta escribir pero no podemos gastarnos dos mil euros en lanzar cada obra sin saber si recuperaremos la inversión.

SEGÚN EL AUTOR:

Lucha y Derrota es una novela-río de casi dos siglos que entrelaza la historia íntima de tres familias –los Yáñez, los Medina y los Serrano– con la historia social, política y moral de España. A través de nueve generaciones, el lector atraviesa desde los caciquismos rurales de Galicia en 1840 hasta la España urbana y fragmentada de 2025. La trama no busca héroes, sino vidas marcadas por la miseria, la violencia, el miedo y la obstinación por sobrevivir.
La novela se articula en tres grandes libros, cada uno centrado en un linaje y en un periodo histórico, unidos entre sí por un hilo común: la herencia de la culpa, los silencios familiares y la imposibilidad de escapar del origen.
Libro 1: Amor y odio (1840 – 1900). Yáñez.
Libro 2: Libertad y cárcel (1900 - 1942). Medina.
Libro 3: Confianza y traición (1942 – 2025). Serrano.

Mi opinión personal:

En primer lugar, a mí esta novela llegó a volarme la cabeza (dicho en el buen sentido). A veces me canso de los protagonistas perfectos que parecen de mármol; en cambio, Lucas Vega se ha marcado unos personajes que duelen de lo reales que son. Tienen sus luces, sí, pero sus sombras son lo que te engancha. Cometen errores, se dejan llevar por el rencor y aman de esa forma, un poco desesperada, que todos hemos sentido alguna vez.

¿Vieron que hay libros que tienen "relleno"? Este no es uno de ellos. La trama avanza con una agilidad increíble y el título no engaña: es un constante vaivén entre la pasión y el conflicto. Cuando crees que las aguas se calman, Vega te lanza un giro que te deja pensando: "¿En serio acaba de pasar esto?".

Lo que más he disfrutado es cómo maneja el contraste. El autor logra que pases de la ternura más absoluta a una tensión que te pone los pelos de punta. No es solo una historia de "chico conoce a chica"; es una exploración de cómo el odio puede nacer del mismo lugar que el amor.

Si quieren saber mi veredicto personal, les puedo decir que, si buscan una lectura que sea directa y sin pretensiones, cargada de sentimiento crudo y de esas que te terminas en dos sentadas porque necesitas saber qué pasa, entonces háganse un favor y consigan el primer volumen. Me encanta que no intente ser una novela filosófica pesada, sino una historia viva, de esas que te dejan con ganas de comentar cada capítulo por el grupo de Wasap. Es una novela con mucha "garra". Se nota que el autor puso el corazón en el papel y eso, entre tantos libros prefabricados que hay por ahí, se agradece muchísimo.

domingo, 1 de febrero de 2026

DÓNDE ESTABAIS ENTONCES...

Lleva una temporada resonando en mi cabeza una canción de «El Ultimo de la Fila» un éxito de su álbum «Enemigos de lo ajeno». Me refiero al gran tema «Insurrección» de 1986 que según su autor, Manolo García, la compuso en pocos minutos y estaba dedicada a su compañía discográfica, por las injustas condiciones contractuales a que sometió al dúo durante algún tiempo. Pero es que, su letra, muchas veces, los viejunos como yo, se nos ha venido a la cabeza cuando nos hemos sentido abandonados por nuestros amigos o por alguien en quién habíamos depositado cierta confianza. Para los más jóvenes y los que no la recordéis, aquí tenéis su letra:

¿Dónde estabas entonces
Cuando tanto te necesité?
Nadie es mejor que nadie
Pero tú creíste vencer
Si lloré ante tu puerta de nada sirvió

Barras de bar
Vertederos de amor
Os enseñé
Mi trocito peor

Retales de mi vida
Fotos a contraluz

Me siento hoy como un halcón
Herido por las flechas de la incertidumbre

Me corto el pelo una y otra vez
Me quiero defender
Dame mi alma y déjame en paz
Quiero intentar no volver a caer

Pequeñas tretas
Para continuar en la brecha

Me siento hoy como un halcón
Llamado a las filas de la insurrección

Hay un motor silencioso que impulsa nuestras relaciones humanas, una fuerza que se niega a marchitarse con el tiempo: la inocencia. No la inocencia ingenua de un niño, sino esa «bendita inocencia» que reside en lo profundo, la que, sin importar cuántos años tengamos o cuántas decepciones hayamos acumulado, nos empuja a depositar nuestra confianza una y otra vez en los demás.

Es un acto de fe radical que nos define. El corazón que se niega a endurecerse y a lo largo de la vida, la experiencia nos da motivos de sobra para perder esta fe en el prójimo. Nos han fallado, nos han mentido, o simplemente, nos han dejado caer justo cuando más necesitábamos un apoyo. Sin embargo, la maravilla del espíritu humano es que, incluso con cicatrices, se niega a cerrarse por completo.

Esta persistente inocencia no es un signo de debilidad, sino de una tremenda fortaleza y esperanza. Es la convicción interna de que vale la pena arriesgarse a ser herido por la oportunidad de conectar de verdad. Creemos, o al menos yo creo que la bondad y la lealtad son la regla, no la excepción.

Caer en la cuenta de que hemos confiado equivocadamente duele, por supuesto. Es en esos momentos cuando la melodía melancólica de «Insurrección» de El Último de la Fila resuena con una punzada especial.

«¿Dónde estabais entonces, cuando tanto os necesité?»

Esta frase es el grito amargo de la persona traicionada, la pregunta que se hace al vacío tras una caída. Representa el dolor de la ausencia en el momento crucial, el vacío dejado por quienes prometieron estar y desaparecieron.

¿Por qué, después de escuchar el eco de ese «dónde estabais», volvemos a bajar la guardia?

La respuesta está en la resiliencia de nuestra humanidad. Si dejáramos de confiar, la vida se volvería fría y horrible. La confianza no es solo una transacción social; es el combustible de la amistad, del amor y de la comunidad. Cada vez que volvemos a confiar, elegimos la posibilidad de la alegría por encima de la certeza del aislamiento. Creemos que la próxima persona, o incluso la persona que nos falló, puede redimirse. El cinismo es un muro mucho más pesado de llevar que las heridas de una confianza mal depositada.

La bendita inocencia es, en esencia, la negación a que el pasado dicte un futuro de desconfianza.


Con la edad y las experiencias, esta inocencia se vuelve más selectiva y sabia. Ya no se trata de abrir la puerta a cualquiera, sino de aprender a leer las señales, a escuchar la intuición y a distinguir la autenticidad.

La clave no es erradicar esa capacidad de confiar, sino refinarla. Se trata de entender que la confianza siempre lleva un componente de riesgo y que el acierto y el error son parte del camino. Cuando encontramos una persona que responde a esa confianza con lealtad, la apreciamos doblemente, sabiendo lo que cuesta encontrarla. Yo he aprendido a dejar que la decepción pase sin que me amargue de forma permanente.

No importa lo que diga tu acta de nacimiento o tu currículum de desengaños. Esa «bendita inocencia» de volver a creer es el recordatorio más hermoso de que estamos hechos para el vínculo. Y por eso, seguiremos cayendo y seguiremos levantándonos, con la esperanza intacta de que, esta vez, la confianza será bien correspondida.

LIBRO, ESTA VEZ, (NO) RECOMENDADO

Hoy NO quiero  recomendar una novela, porque después de leer 300 páginas me he quedado, en lugar de sorprendido o reconfortado, más bien me he sentido defraudado.  A ver, hablemos claro: "El hechizo de Lily Dahl" de Siri Hustvedt es de esos libros que, o te atrapan por la atmósfera, o te dejan con una sensación de "vale, ¿y ahora qué?". Es una novela que puede resultar bastante frustrante.


El mayor problema de la novela es que se vende casi como un thriller psicológico o una historia de misterio gótico en un pueblo pequeño (Webster, Minnesota), pero el ritmo es excesivamente pausado. Lily es una protagonista que observa mucho, pero a veces parece que la trama se queda estancada en sus cavilaciones adolescentes y en lo que ve por la ventana. Si buscabas algo con "garra" o tensión constante, este libro se siente como caminar por barro.

A veces da la sensación de que la autora fuerza la extrañeza para que el libro parezca más profundo de lo que realmente es. Si no logras conectar con Lily —que a ratos es un poco pasiva o incluso irritante—, el resto de la galería de personajes te acaba dando igual.

La novela trata mucho sobre mirar y ser mirado. Lily espía a su vecino, el vecino es un artista que la usa de modelo... es un bucle de observación. Para algunos es una exploración brillante de la identidad femenina, pero para otros (y probablemente para mi) es un recurso que se vuelve repetitivo y un poco pretencioso. Llega un punto en el que dan ganas de gritarle a Lily: "¡Deja de mirar por la ventana y haz algo!".

Sin hacer spoilers fuertes, el clímax no se siente como una recompensa justa después de haber aguantado toda la atmósfera densa del libro. Hustvedt suele priorizar las ideas y los sentimientos sobre la resolución de la trama, y en "Lily Dahl", esa falta de un cierre potente puede dejarte con cara de: "¿Me he leído 300 páginas para esto?".

No te recomiendo leerla, es una advertencia de lo que vas a encontrar, pero eso sí, para gustos los colores y este color a mí no me ha gustado. Es una novela que intenta ser muchas cosas: un misterio, un estudio psicológico y una oda al teatro... y al final, se queda en tierra de nadie. Es literatura «de atmósfera», y si el ambiente de ese pueblo no te envolvió desde el principio, es lógico que se te haga cuesta arriba.

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