domingo, 1 de febrero de 2026

DÓNDE ESTABAIS ENTONCES...

Lleva una temporada resonando en mi cabeza una canción de «El Ultimo de la Fila» un éxito de su álbum «Enemigos de lo ajeno». Me refiero al gran tema «Insurrección» de 1986 que según su autor, Manolo García, la compuso en pocos minutos y estaba dedicada a su compañía discográfica, por las injustas condiciones contractuales a que sometió al dúo durante algún tiempo. Pero es que, su letra, muchas veces, los viejunos como yo, se nos ha venido a la cabeza cuando nos hemos sentido abandonados por nuestros amigos o por alguien en quién habíamos depositado cierta confianza. Para los más jóvenes y los que no la recordéis, aquí tenéis su letra:

¿Dónde estabas entonces
Cuando tanto te necesité?
Nadie es mejor que nadie
Pero tú creíste vencer
Si lloré ante tu puerta de nada sirvió

Barras de bar
Vertederos de amor
Os enseñé
Mi trocito peor

Retales de mi vida
Fotos a contraluz

Me siento hoy como un halcón
Herido por las flechas de la incertidumbre

Me corto el pelo una y otra vez
Me quiero defender
Dame mi alma y déjame en paz
Quiero intentar no volver a caer

Pequeñas tretas
Para continuar en la brecha

Me siento hoy como un halcón
Llamado a las filas de la insurrección

Hay un motor silencioso que impulsa nuestras relaciones humanas, una fuerza que se niega a marchitarse con el tiempo: la inocencia. No la inocencia ingenua de un niño, sino esa «bendita inocencia» que reside en lo profundo, la que, sin importar cuántos años tengamos o cuántas decepciones hayamos acumulado, nos empuja a depositar nuestra confianza una y otra vez en los demás.

Es un acto de fe radical que nos define. El corazón que se niega a endurecerse y a lo largo de la vida, la experiencia nos da motivos de sobra para perder esta fe en el prójimo. Nos han fallado, nos han mentido, o simplemente, nos han dejado caer justo cuando más necesitábamos un apoyo. Sin embargo, la maravilla del espíritu humano es que, incluso con cicatrices, se niega a cerrarse por completo.

Esta persistente inocencia no es un signo de debilidad, sino de una tremenda fortaleza y esperanza. Es la convicción interna de que vale la pena arriesgarse a ser herido por la oportunidad de conectar de verdad. Creemos, o al menos yo creo que la bondad y la lealtad son la regla, no la excepción.

Caer en la cuenta de que hemos confiado equivocadamente duele, por supuesto. Es en esos momentos cuando la melodía melancólica de «Insurrección» de El Último de la Fila resuena con una punzada especial.

«¿Dónde estabais entonces, cuando tanto os necesité?»

Esta frase es el grito amargo de la persona traicionada, la pregunta que se hace al vacío tras una caída. Representa el dolor de la ausencia en el momento crucial, el vacío dejado por quienes prometieron estar y desaparecieron.

¿Por qué, después de escuchar el eco de ese «dónde estabais», volvemos a bajar la guardia?

La respuesta está en la resiliencia de nuestra humanidad. Si dejáramos de confiar, la vida se volvería fría y horrible. La confianza no es solo una transacción social; es el combustible de la amistad, del amor y de la comunidad. Cada vez que volvemos a confiar, elegimos la posibilidad de la alegría por encima de la certeza del aislamiento. Creemos que la próxima persona, o incluso la persona que nos falló, puede redimirse. El cinismo es un muro mucho más pesado de llevar que las heridas de una confianza mal depositada.

La bendita inocencia es, en esencia, la negación a que el pasado dicte un futuro de desconfianza.


Con la edad y las experiencias, esta inocencia se vuelve más selectiva y sabia. Ya no se trata de abrir la puerta a cualquiera, sino de aprender a leer las señales, a escuchar la intuición y a distinguir la autenticidad.

La clave no es erradicar esa capacidad de confiar, sino refinarla. Se trata de entender que la confianza siempre lleva un componente de riesgo y que el acierto y el error son parte del camino. Cuando encontramos una persona que responde a esa confianza con lealtad, la apreciamos doblemente, sabiendo lo que cuesta encontrarla. Yo he aprendido a dejar que la decepción pase sin que me amargue de forma permanente.

No importa lo que diga tu acta de nacimiento o tu currículum de desengaños. Esa «bendita inocencia» de volver a creer es el recordatorio más hermoso de que estamos hechos para el vínculo. Y por eso, seguiremos cayendo y seguiremos levantándonos, con la esperanza intacta de que, esta vez, la confianza será bien correspondida.

LIBRO, ESTA VEZ, (NO) RECOMENDADO

Hoy NO quiero  recomendar una novela, porque después de leer 300 páginas me he quedado, en lugar de sorprendido o reconfortado, más bien me he sentido defraudado.  A ver, hablemos claro: "El hechizo de Lily Dahl" de Siri Hustvedt es de esos libros que, o te atrapan por la atmósfera, o te dejan con una sensación de "vale, ¿y ahora qué?". Es una novela que puede resultar bastante frustrante.


El mayor problema de la novela es que se vende casi como un thriller psicológico o una historia de misterio gótico en un pueblo pequeño (Webster, Minnesota), pero el ritmo es excesivamente pausado. Lily es una protagonista que observa mucho, pero a veces parece que la trama se queda estancada en sus cavilaciones adolescentes y en lo que ve por la ventana. Si buscabas algo con "garra" o tensión constante, este libro se siente como caminar por barro.

A veces da la sensación de que la autora fuerza la extrañeza para que el libro parezca más profundo de lo que realmente es. Si no logras conectar con Lily —que a ratos es un poco pasiva o incluso irritante—, el resto de la galería de personajes te acaba dando igual.

La novela trata mucho sobre mirar y ser mirado. Lily espía a su vecino, el vecino es un artista que la usa de modelo... es un bucle de observación. Para algunos es una exploración brillante de la identidad femenina, pero para otros (y probablemente para mi) es un recurso que se vuelve repetitivo y un poco pretencioso. Llega un punto en el que dan ganas de gritarle a Lily: "¡Deja de mirar por la ventana y haz algo!".

Sin hacer spoilers fuertes, el clímax no se siente como una recompensa justa después de haber aguantado toda la atmósfera densa del libro. Hustvedt suele priorizar las ideas y los sentimientos sobre la resolución de la trama, y en "Lily Dahl", esa falta de un cierre potente puede dejarte con cara de: "¿Me he leído 300 páginas para esto?".

No te recomiendo leerla, es una advertencia de lo que vas a encontrar, pero eso sí, para gustos los colores y este color a mí no me ha gustado. Es una novela que intenta ser muchas cosas: un misterio, un estudio psicológico y una oda al teatro... y al final, se queda en tierra de nadie. Es literatura «de atmósfera», y si el ambiente de ese pueblo no te envolvió desde el principio, es lógico que se te haga cuesta arriba.

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