¿Dónde estabas entoncesCuando tanto te necesité?Nadie es mejor que nadiePero tú creíste vencerSi lloré ante tu puerta de nada sirvió
Barras de barVertederos de amorOs enseñéMi trocito peor
Retales de mi vidaFotos a contraluz
Me siento hoy como un halcónHerido por las flechas de la incertidumbre
Me corto el pelo una y otra vezMe quiero defenderDame mi alma y déjame en pazQuiero intentar no volver a caer
Pequeñas tretasPara continuar en la brecha
Me siento hoy como un halcónLlamado a las filas de la insurrección
Es un acto de fe radical que nos define. El corazón que se niega a endurecerse y a lo largo de la vida, la experiencia nos da motivos de sobra para perder esta fe en el prójimo. Nos han fallado, nos han mentido, o simplemente, nos han dejado caer justo cuando más necesitábamos un apoyo. Sin embargo, la maravilla del espíritu humano es que, incluso con cicatrices, se niega a cerrarse por completo.
Esta persistente inocencia no es un signo de debilidad, sino de una tremenda fortaleza y esperanza. Es la convicción interna de que vale la pena arriesgarse a ser herido por la oportunidad de conectar de verdad. Creemos, o al menos yo creo que la bondad y la lealtad son la regla, no la excepción.
Caer en la cuenta de que hemos confiado equivocadamente duele, por supuesto. Es en esos momentos cuando la melodía melancólica de «Insurrección» de El Último de la Fila resuena con una punzada especial.
«¿Dónde estabais entonces, cuando tanto os necesité?»
Esta frase es el grito amargo de la persona traicionada, la pregunta que se hace al vacío tras una caída. Representa el dolor de la ausencia en el momento crucial, el vacío dejado por quienes prometieron estar y desaparecieron.
¿Por qué, después de escuchar el eco de ese «dónde estabais», volvemos a bajar la guardia?
La respuesta está en la resiliencia de nuestra humanidad. Si dejáramos de confiar, la vida se volvería fría y horrible. La confianza no es solo una transacción social; es el combustible de la amistad, del amor y de la comunidad. Cada vez que volvemos a confiar, elegimos la posibilidad de la alegría por encima de la certeza del aislamiento. Creemos que la próxima persona, o incluso la persona que nos falló, puede redimirse. El cinismo es un muro mucho más pesado de llevar que las heridas de una confianza mal depositada.
La bendita inocencia es, en esencia, la negación a que el pasado dicte un futuro de desconfianza.
La clave no es erradicar esa capacidad de confiar, sino refinarla. Se trata de entender que la confianza siempre lleva un componente de riesgo y que el acierto y el error son parte del camino. Cuando encontramos una persona que responde a esa confianza con lealtad, la apreciamos doblemente, sabiendo lo que cuesta encontrarla. Yo he aprendido a dejar que la decepción pase sin que me amargue de forma permanente.
No importa lo que diga tu acta de nacimiento o tu currículum de desengaños. Esa «bendita inocencia» de volver a creer es el recordatorio más hermoso de que estamos hechos para el vínculo. Y por eso, seguiremos cayendo y seguiremos levantándonos, con la esperanza intacta de que, esta vez, la confianza será bien correspondida.
LIBRO, ESTA VEZ, (NO) RECOMENDADO
Hoy NO quiero recomendar una novela, porque después de leer
300 páginas me he quedado, en lugar de sorprendido o reconfortado, más bien me
he sentido defraudado. A ver, hablemos
claro: "El hechizo de Lily Dahl" de Siri Hustvedt es de esos
libros que, o te atrapan por la atmósfera, o te dejan con una sensación de
"vale, ¿y ahora qué?". Es una novela que puede resultar bastante
frustrante.
El mayor problema de la novela es que se vende casi como un thriller psicológico o una historia de misterio gótico en un pueblo pequeño (Webster, Minnesota), pero el ritmo es excesivamente pausado. Lily es una protagonista que observa mucho, pero a veces parece que la trama se queda estancada en sus cavilaciones adolescentes y en lo que ve por la ventana. Si buscabas algo con "garra" o tensión constante, este libro se siente como caminar por barro.
A veces da la sensación de que la autora fuerza la extrañeza
para que el libro parezca más profundo de lo que realmente es. Si no logras
conectar con Lily —que a ratos es un poco pasiva o incluso irritante—, el resto
de la galería de personajes te acaba dando igual.
La novela trata mucho sobre mirar y ser mirado. Lily
espía a su vecino, el vecino es un artista que la usa de modelo... es un bucle
de observación. Para algunos es una exploración brillante de la identidad
femenina, pero para otros (y probablemente para mi) es un recurso que se vuelve
repetitivo y un poco pretencioso. Llega un punto en el que dan ganas de
gritarle a Lily: "¡Deja de mirar por la ventana y haz algo!".
Sin hacer spoilers fuertes, el clímax no se siente como una
recompensa justa después de haber aguantado toda la atmósfera densa del libro.
Hustvedt suele priorizar las ideas y los sentimientos sobre la resolución de la
trama, y en "Lily Dahl", esa falta de un cierre potente puede dejarte
con cara de: "¿Me he leído 300 páginas para esto?".
No te recomiendo leerla, es una advertencia de lo que
vas a encontrar, pero eso sí, para gustos los colores y este color a mí no me
ha gustado. Es una novela que intenta ser muchas cosas: un misterio, un estudio
psicológico y una oda al teatro... y al final, se queda en tierra de nadie.
Es literatura «de atmósfera», y si el ambiente de ese pueblo no te
envolvió desde el principio, es lógico que se te haga cuesta arriba.



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