martes, 29 de octubre de 2024

LA TOLERANCIA

Hoy hablaba con un amigo sobre la crispación social actual. Qué cosas tengo, ¿verdad? Al poco de empezar la conversación, mi amigo me soltó una frase que me ha dejado pensando casi todo el día: «La tolerancia es la mejor forma de ver la vida». Creo que esa frase da para mucho. Aunque la conversación siguió por otros derroteros, su frase no dejaba de resonar en mi cabeza.


Creo que todos tenemos nuestra forma de ver la vida, y la tolerancia debería ser lo que centrase todos nuestros actos y sentimientos. Debemos reconocer el derecho de los demás a tener sus propias ideas y la forma de orientar su vida.

Todos, en algún momento de la vida, necesitamos creer en algo, sobre todo cuando nos suceden cosas que no entendemos. Por lo general, en los malos momentos, cuando perdemos a alguien cercano o cuando nuestra vida sufre un batacazo, es cuando muchos echamos mano de la religión. Mi pareja dice que ha perdido la fe, aunque no es así del todo. Creo que ha perdido más la fe en las personas que en la religión, pero no puedo reprochárselo. Cada vez somos más intransigentes y queremos tener razón por encima de todo y de todos. Por eso, ella no entiende que alguien pueda hacer daño a otra persona para que prevalezca su idea, no entiende que alguien quiera convencer a otra persona de sus creencias o de sus gustos. Por eso, ella es más de respetar que de imponer.

La tolerancia debe ser una de las virtudes que rijan nuestros destinos, porque la tolerancia es igual a respeto, respeto a poder pensar diferente a los demás y a que los demás piensen de forma diferente. Y así, donde el individuo puede llegar a respetar las diferencias, la masa lo transforma y muestra el odio que produce lo diferente.

Muchos han escrito y estudiado la tolerancia, como por ejemplo el filósofo español Jaime Balmes, que definía la tolerancia como «el sufrimiento de una cosa que se conceptúa como mala, pero que se cree conveniente dejarla sin castigo». Según él, la tolerancia siempre se une a la idea de algo malo; una cosa buena no es necesario tolerarla. El filósofo John Locke, en su "Carta sobre la tolerancia", propone la importancia de la diversidad de ideas y del espíritu crítico como un elemento necesario para el progreso. El progreso solo existe cuando somos capaces de admitir los distintos puntos de vista de las cosas y somos capaces de ponernos de acuerdo en que cada uno modifique sus dogmas de forma que puedan dar lugar a nuevas formas de ver lo que nos rodea.

Otra cosa que hay que tener clara es que la tolerancia no siempre es buena, porque también tiene su parte perversa. Cuando toleramos actitudes o hechos reprobables, como el racismo, el maltrato o la violencia en cualquiera de sus vertientes, estamos tolerando lo intolerable. En estos casos no podemos mirar hacia otro lado ni mostrarnos lejanos de los problemas; debemos ser enérgicos en nuestra repulsa de estas actitudes.



Hay otra curiosidad que tiene la tolerancia, o mejor dicho, la intolerancia: no se muestra de la misma forma con todos. Me explico, lo que admitimos en nuestra sociedad con los de nuestra misma «clase» o de nuestra misma «raza» o «religión», lo vemos mal en otras personas, asignando a su actitud adjetivos peyorativos que estigmatizan su procedencia o su estatus social. Por eso, siempre acompaña a la intolerancia el racismo, el miedo o aspectos psicológicos como un complejo de inferioridad no asumido.

Se podría decir también que esta forma de pensar de extremos, por lo general, es una forma de actuar heredada del entorno en el que nos desarrollamos. Sin embargo, la crispación social y la percepción de ver peligrar la seguridad de nuestro entorno también pueden generar este sentimiento. Nos aferramos y nos dejamos manipular por líderes sin escrúpulos que aprovechan las malas épocas para su propio beneficio, haciendo que se estigmatice a quienes no piensan como ellos y aprovechando la masa para alcanzar sus espurios objetivos.


Cambiando de tema, hoy os voy a hablar de una novela del año 2007, se llama «Tierra firme», de Matilde Asensi, esta novela nos transporta al siglo XVII, recrea la atmosfera y la vida cotidiana de las colonias españolas de las Indias, a través  de la historia de Martín Ojo de Plata, el alter ego de Catalina Solís. Catalina, tras un naufragio en el Caribe, adopta la identidad de Martín, haciéndose pasar por su difunto hermano para sobrevivir en un mundo dominado por hombres. A lo largo de la novela, Martín/Catalina se enfrenta a aventuras, traiciones y peligros, mientras intenta reconstruir su vida y vengar la muerte de su hermano.

Es una apasionante historia de aventuras, supervivencia y transformación que desafía las expectativas de género y explora la lucha por la justicia en tiempos turbulentos.




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