Hoy hablaba con un amigo sobre la
crispación social actual. Qué cosas tengo, ¿verdad? Al poco de empezar la
conversación, mi amigo me soltó una frase que me ha dejado pensando casi todo
el día: «La tolerancia es la mejor forma de ver la vida». Creo que esa frase da
para mucho. Aunque la conversación siguió por otros derroteros, su frase no
dejaba de resonar en mi cabeza.
Creo que todos tenemos nuestra
forma de ver la vida, y la tolerancia debería ser lo que centrase todos
nuestros actos y sentimientos. Debemos reconocer el derecho de los demás a
tener sus propias ideas y la forma de orientar su vida.
Todos, en algún momento de la
vida, necesitamos creer en algo, sobre todo cuando nos suceden cosas que no
entendemos. Por lo general, en los malos momentos, cuando perdemos a alguien
cercano o cuando nuestra vida sufre un batacazo, es cuando muchos echamos mano
de la religión. Mi pareja dice que ha perdido la fe, aunque no es así del todo.
Creo que ha perdido más la fe en las personas que en la religión, pero no puedo
reprochárselo. Cada vez somos más intransigentes y queremos tener razón por
encima de todo y de todos. Por eso, ella no entiende que alguien pueda hacer
daño a otra persona para que prevalezca su idea, no entiende que alguien quiera
convencer a otra persona de sus creencias o de sus gustos. Por eso, ella es más
de respetar que de imponer.
La tolerancia debe ser una de las
virtudes que rijan nuestros destinos, porque la tolerancia es igual a respeto,
respeto a poder pensar diferente a los demás y a que los demás piensen de forma
diferente. Y así, donde el individuo puede llegar a respetar las diferencias,
la masa lo transforma y muestra el odio que produce lo diferente.
Muchos han escrito y estudiado la
tolerancia, como por ejemplo el filósofo español Jaime Balmes, que definía la
tolerancia como «el sufrimiento de una cosa que se conceptúa como mala, pero
que se cree conveniente dejarla sin castigo». Según él, la tolerancia siempre
se une a la idea de algo malo; una cosa buena no es necesario tolerarla. El
filósofo John Locke, en su "Carta sobre la tolerancia", propone la
importancia de la diversidad de ideas y del espíritu crítico como un elemento
necesario para el progreso. El progreso solo existe cuando somos capaces de
admitir los distintos puntos de vista de las cosas y somos capaces de ponernos
de acuerdo en que cada uno modifique sus dogmas de forma que puedan dar lugar a
nuevas formas de ver lo que nos rodea.
Otra cosa que hay que tener clara
es que la tolerancia no siempre es buena, porque también tiene su parte
perversa. Cuando toleramos actitudes o hechos reprobables, como el racismo, el
maltrato o la violencia en cualquiera de sus vertientes, estamos tolerando lo
intolerable. En estos casos no podemos mirar hacia otro lado ni mostrarnos
lejanos de los problemas; debemos ser enérgicos en nuestra repulsa de estas
actitudes.
Hay otra curiosidad que tiene la
tolerancia, o mejor dicho, la intolerancia: no se muestra de la misma forma con
todos. Me explico, lo que admitimos en nuestra sociedad con los de nuestra
misma «clase» o de nuestra misma «raza» o «religión», lo vemos mal en otras
personas, asignando a su actitud adjetivos peyorativos que estigmatizan su
procedencia o su estatus social. Por eso, siempre acompaña a la intolerancia el
racismo, el miedo o aspectos psicológicos como un complejo de inferioridad no
asumido.
Se podría decir también que esta
forma de pensar de extremos, por lo general, es una forma de actuar heredada
del entorno en el que nos desarrollamos. Sin embargo, la crispación social y la
percepción de ver peligrar la seguridad de nuestro entorno también pueden
generar este sentimiento. Nos aferramos y nos dejamos manipular por líderes sin
escrúpulos que aprovechan las malas épocas para su propio beneficio, haciendo
que se estigmatice a quienes no piensan como ellos y aprovechando la masa para
alcanzar sus espurios objetivos.



No hay comentarios:
Publicar un comentario