La verdad es que a mí me queda lejos esa etapa de la vida,
aunque no por ello la he olvidado. A veces la recuerdo como si hubiese sido
ayer; otras, sin embargo, el tiempo me nubla parte de los recuerdos que nunca
hubiese querido perder. Cuando eres joven te sientes inmortal, piensas que la
vida es tan larga que tienes tiempo para hacer todo lo que quieras, y la verdad
es que la vida da para mucho, si la sabes aprovechar. Hoy, según veía en las
noticias el lamentable espectáculo de los políticos que habitan en nuestras
instituciones, cómo se enfrentan en discusiones vanas que no conducen a ninguna
solución necesaria para los que deberían proteger, he pensado que la juventud y
la madurez son dos partidos enfrentados que pocas personas realmente comprenden.
En la juventud se establece la definición personal y social del ser humano a través de una exploración íntima del individuo. Se aparta del medio familiar y se realiza una búsqueda de pertenencia y sentido de la vida. En los tiempos actuales, esta fase va a dar forma a su carácter, pues los adolescentes son los que van a protagonizar los siguientes cambios culturales. Esperan alcanzar la madurez, exigiendo una reorganización de esquemas psicosociales que les aporten nuevos modelos de autoridad e innovadoras metas de desarrollo. Pero sin las adecuadas condiciones y sin la ayuda y experiencia de un adulto, esta exploración personal y social puede exponer al joven a grandes riesgos y daños para la formación de su personalidad, algo de lo que no todos son conscientes.
Actualmente hay pocas personas maduras que crean en nuestros jóvenes, aunque hace no mucho nos han dado una lección de cátedra en las tristes inundaciones de mi querida Valencia. Han demostrado que tienen unos valores y una solidaridad que ya quisieran muchos de los mayores responsables, sin esperar nada, sin pedir nada, sin darle importancia a un acto tan honesto y lleno de humildad. Seguro que se han hecho algún selfi, seguro que han puesto algo de reguetón para animarse; ¿y qué? En otros tiempos, eran otro tipo de cosas, pero eran tan transgresoras como lo que hacen en la actualidad. El caso es que siempre será la juventud esa época en la que se quiere cambiar el mundo, se siente que la gente mayor no te deja avanzar, que han creado un mundo horrible del que no quieres formar parte, pero ¿sabéis qué es lo peor de todo? Lo peor es que un día se deja de ver de esa manera y la juventud termina por desaparecer y uno se pasa al otro bando.
El otro bando es un bando miserable, donde uno se arrepiente de haber sido un soñador de pelo largo, como decía Serrat, y no haber hecho lo contrario de lo que se ha hecho. Porque la madurez es la época del «y si...», y si hubiese estudiado esto en vez de lo otro, y si hubiese esperado la siguiente oportunidad, y si, y si... Pero nunca estamos conformes con lo que hemos hecho en nuestra juventud y muchas veces es el motivo por el cual pensamos que los jóvenes se van a equivocar como nosotros lo hemos hecho.Tenemos que buscar el diálogo, hacer que el joven entienda al mayor y el mayor al joven. Debemos dejar de ver con miedo al rival y entender que no somos precisamente eso, rivales. La juventud es donde se da forma a una vida maravillosa que nos puede dar grandes alegrías y placeres, donde tienes fuerzas para levantarte aunque te caigas y donde equivocarse es aprender. Los jóvenes deben fijarse en los mayores y sus errores, y los mayores deben ayudar a los jóvenes a rectificar con sabiduría y darles su más preciado tesoro: la lista de errores que han conseguido sortear en la vida y el recetario de su forma de enmendarlos. Sin la exigencia de que sea de la misma manera, solo aportando información, no exigiendo que copien nuestra forma de seguir adelante. La juventud es maravillosa y el tiempo escaso, cuando eres ya mayor, en todas las batallas hay un perdedor y pero en las celebraciones todos comparten la alegría, no seamos tacaños en esfuerzos para comprendernos.
Me gustaría hablaros de una novela que leí hace tiempo y cuyo autor falleció en 2020, me refiero a Carlos Ruiz Zafón. La sombra del viento, con quince millones de ejemplares vendidos y ganadora de numerosos premios, está considerada como una de las mejores novelas de los últimos veinticinco años. Forma parte de la saga de los libros olvidados.



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