Cuando realizas algún tipo de trabajo en el que intervienen tu criterio o tu proceso de creación, si es solo para ti, será tu tesoro. Pero si ese trabajo lo haces público, quedarás expuesto a la opinión de los demás. A unos se la pedirás, mientras que el veredicto de otros será gratuito. De cualquier modo, debes estar preparado para admitir todas las críticas, las que te gusten y las que no. Estas últimas, si no las ves venir, duelen.
A mí me han hecho de las dos, y todas me han ayudado a mejorar. Aunque reconozco que algunas, sobre todo a mi edad, se les ve asomar la patita del interés. Son críticas que te recriminan que no tienes un estilo literario adecuado, o que repites mucho alguna palabra, aun cuando eres consciente de lo que has hecho y te gusta así porque consideras que afianza una conversación. O cuando te dicen que falta un acento en un pronombre demostrativo, que desde la Ortografía de la RAE de 2010 se dejó de utilizar. O cuando te dicen que empleas la tercera y la primera persona en el mismo texto, como si fuera un descuido, y no lo es; con solo dos páginas de trescientas ya desprecian tu trabajo.
En fin, yo no sigo el estilo de nadie. A quien le guste lo que escribo, que lo lea, y a quien no, pues que no lo lea. El estilo que sigo es el mío, con un lenguaje sencillo, de andar por casa. No es para eruditos, es un lenguaje para la gente sencilla, sin palabras rebuscadas, sin lírica, pero que cuenta historias que a mí me emocionan y pretendo que lleguen a emocionar a quien lo lee, si es que es capaz de pasar de la segunda página.
Por otro lado, yo no pretendo ser famoso ni que nadie me recuerde con el tiempo, pero, aunque por un azar de la vida llegase a serlo, eso tampoco te garantiza que tu fama llegue a ninguna parte. Figuras como Ángel María de Lera (Premio Planeta en 1967), Concha Méndez (poetisa y dramaturga de la Generación del 27 con gran talento) o José María Hinojosa (miembro de la Generación del 27, cuya carrera literaria se vio truncada por su fusilamiento en la Guerra Civil), no han logrado pasar el transcurso del tiempo y se han perdido en él. Es muy difícil ser un Cervantes y es muy pretencioso querer serlo. Al fin y al cabo, somos ceniza que volverá a la tierra y servirá de germen para que otros crezcan.
Pero sí, me gusta decir sí y repetir hasta la saciedad que sí que creo en mí y en los demás. Y repito palabras aunque haya a quien no le guste, porque a mí sí.

¡Bien dicho! Yo también creo en ti.
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