Lo que se queda entre líneas
En estos párrafos que hoy comparto contigo quiero alejarme un
poco del brillo de la obra terminada para hablarte de las sombras del proceso.
Porque escribir, para mí, siempre ha sido un equilibrio precario entre el
placer de encontrar la palabra exacta y la frustración de atravesar el desierto
creativo.
Mis novelas son mis mejores secretos contados a voces. En
ellas he escondido miedos que no me atrevo a decir en voz alta —y que nunca
confesaré cuáles son—, conversaciones que nunca tuve pero me hubiese gustado
tener, y finales que la vida real me negó o que yo mismo elegí sin saber si
eran los que realmente quería.
Hoy decido romper la cuarta pared de mi propia
literatura para confesarte qué hay detrás de esos mundos que he construido: las
manías, los fantasmas que me visitan a las tres de la mañana y esa extraña
necesidad de vivir mil vidas antes de que se me agote la propia.
Bienvenido al lado B de mis libros. Pasa, ponte cómodo y
descubre que, a veces, la historia más fascinante no es la que está impresa,
sino la que ocurrió mientras intentaba atraparla en el papel.
Muchos interpretan mi primera novela, En los zapatos del
que anda, como el reflejo de una etapa de mi vida. No voy a negar que
existen detalles y pequeños destellos que evocan sucesos y pensamientos reales;
en ella puse mucho de mi persona y muy poco de técnica literaria.
Fue una obra que nunca pensé terminar. Sabía qué quería contar, pero no realicé ninguna planificación ni esbocé un croquis de lo que acabaría brotando del teclado de mi PC. Al final, el resultado me sorprendió incluso a mí: aunque contiene gran parte de mi esencia, hay muchos fragmentos que jamás llegaron a suceder, pero quizás, al escribirlos, yo buscaba que sucediesen.
Tras esa experiencia comprendí que escribir —además de producir una satisfacción infinita para un lector compulsivo como yo— es un ejercicio profundamente terapéutico y sanador, porque una vez que lees lo que has escrito, descubres partes de ti que tú mismo desconocías. Una idea que flota en tu cabeza y rebota contra sus paredes siempre termina por escapar o, peor aún, se convierte en una obsesión que amenaza tu equilibrio. Al escribirla, es como si la dominases y ya no pudiese herirte.
También descubrí que, antes de lanzarse a la hoja en blanco, es necesario saber qué se quiere transmitir. Hay que conocer el mundo que pretendes encerrar entre páginas, trazar un mapa del camino a seguir y definir a los personajes que te acompañarán y hacerte amigo íntimo de ellos. Pero, sobre todo, hay que escuchar a quienes te leen.
Me refiero a los lectores reales, no a los críticos que
juzgan desde un pedestal de pedantería. Un lector puede decirte con sinceridad
si el final le resultó abrupto, si la trama se le hizo lenta o si sobran
personajes; es a partir de esas críticas honestas como se progresa en la
escritura.
Escribir y leer, leer y escribir… Ese ciclo permite plasmar
la vida desde tu propio punto de vista —quizá no sea el mejor, pero es el tuyo—
y te ayuda a evolucionar de escribidor a escritor; de pasajero a
conductor.
Con cada línea dejas un trozo de piel desnuda frente al
lector y te vuelves un poco más vulnerable cada día, del mismo modo en que los
años se van sumando silenciosamente a tu colección y cada arruga te muestra un camino ya recorrido.
A veces, las personas que te conocen y te leen creen reconocer fragmentos de tu propia vida en tus libros y te lo confiesan. Unas veces aciertan y otras no, pero prefiero dejarles con la intriga; así, ellos también realizan su propio ejercicio de imaginación. Soy muy feliz desde que escribo y se lo recomiendo a todos mis amigos, porque me gustaría que ellos también encontraran esa felicidad que yo he hallado.
Al final, un libro no es solo lo que el autor escribe, sino lo que el lector imagina. Y en ese juego de espejos es donde reside la verdadera magia.
LIBRO RECOMENDADO
Voy a hablar de un libro que me ha hecho daño. Pero daño literal. Hace poco me operaron de una dolencia y, en plena recuperación, me apetecía leer algo desenfadado, sencillo y sin demasiados pliegues. Por eso, elegí «La muy catastrófica visita al zoo», de Joël Dicker.
El problema es que me ha hecho daño por las carcajadas que me ha provocado en varios capítulos; sentía que las costuras de la operación se movían y me dolían de verdad. Pero, sinceramente, no me ha importado: me ha hecho pasar un día maravilloso y no pude parar de leer hasta llegar al final.
Dicker logra capturar magistralmente la sencillez del pensamiento infantil, esa capacidad que todos perdemos irremediablemente al crecer. Es una forma de ver el mundo contada a través de una serie de desastres encadenados: desde la inundación del colegio especial donde estudian los seis niños protagonistas, hasta la culminación en esa accidentada visita al zoo.
El libro está escrito con el lenguaje y el razonamiento propio de los niños. Está tan bien reflejado que te sientes parte del grupo. Es exactamente como cuando tu hijo hace una trastada y te explica sus motivos: sabes que tienes que regañarle, pero por dentro te estás riendo a lágrima viva y solo deseas mandarlo a su cuarto para llamar a toda la familia y contarles la genialidad que acaba de soltar.
En definitiva, amigos: leed este libro si queréis recuperar esa mirada limpia de cuando erais unos críos y nada era tan importante como jugar y divertirse con los amigos. Yo, por mi parte, todavía me estoy riendo (aunque con cuidado por los puntos).
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