Los españoles somos muy apasionados, como todos los mediterráneos. La discusión es una de las grandes aficiones que nos llevan a defender nuestras ideas con vehemencia y hasta el límite de lo que podría empezar a considerarse ya una pelea. Pero, ¿Qué puedo yo sacar de bueno o de malo de una discusión? Mi padre me contaba muchas veces una especie de chiste para mostrarme su forma de pensar sobre las discusiones:
—Buenas, don Andrés, ¿Cómo ha llegado usted tan bien a los noventa y cinco años?
—Por no discutir.
—Hombre, no será por eso.
—Pues no será.
Discutir sobre algo físico y tangible tiene la ventaja de que sus características se pueden demostrar. Puedes tener una opinión de su utilidad, de su beneficio, o no conocerlo en absoluto, pero sus propiedades son las que son, aunque no te gusten. Posicionarse en una idea sin escuchar a tu interlocutor para defender tu posición dará una idea de tu estupidez a los cinco minutos de empezar esta discusión. Un martillo es un martillo, sirve para lo que sirve. ¿Te puedes machacar un dedo o golpear a otra persona? Sí, pero eso no es porque el martillo sea malo, eso es por la persona que usa el martillo. Ojo, hay cosas que chocan la demostración científica con creencias arraigadas como las religiosas, una prueba de ello es la teoría de la evolución. Entonces no valdrá la mera demostración científica. Cuando disponemos de más satélites que nunca, con astronautas que han viajado al espacio y pruebas concluyentes de que la tierra es redonda, ahora mismo hay gente que está convencida de que la Tierra es plana. Con ese tipo de personas, y en ese tipo de discusiones, es mejor no entrar.
Discutir sentimientos o cualquier tipo idea abstracta es complicado, principalmente porque el que expone su idea o sentimiento, en la mayoría de las ocasiones, no lo hace para establecer un punto de partida en la discusión que después se pueda modificar. Cuando alguien cercano te dice, por ejemplo, que esa persona es más cariñosa que tú, no espera que tú le demuestres lo contrario. Cualquier cosa que digas servirá para afianzar su convicción de lo que ha expuesto. Porque, ¿Cómo se cuantifica el cariño? ¿Qué es más cariñoso? En este tipo de afirmaciones es mejor hacer que la persona que ha expuesto el punto de partida de la discusión dé una respuesta aclarando lo que espera. Por ejemplo, se le puede preguntar: «¿Cómo crees tú que yo podría ser tan cariñoso como esperas?» Ojo, este tipo de preguntas asertivas son un arma de doble filo, porque el que lo expone puede intentar ponérselo difícil al que escucha, dando argumentos que se alejen de una respuesta sensata. En ese caso, hay que poner límites: «Eso no es lo que puede mejorar mi cariño hacia ti, estás entrando en reproches y acusaciones que no solucionan lo que me has pedido al principio. Cuando estés más calmado/a, retomamos la conversación» y se deja pasar un tiempo antes de volver a ese asunto. Cualquier discusión que se alargue sin que nuestro interlocutor escuche lo que decimos hay que cortarla, porque ya no será una discusión, se convertirá en un juicio donde no se quiere debatir ese tema, por ejemplo se le puede decir: «Llevamos discutiendo un rato dándole vueltas a lo mismo una y otra vez, creo que no vamos a sacar nada nuevo y este tema se ha agotado, no merece la pena que sigamos discutiendo.»
La tercera de las opciones de discusión tiene que ver con cuestiones cuantificables o tangibles que se mezclan con los sentimientos o las creencias, como los amuletos, a los que atribuimos poderes mágicos cuando sus propiedades neutras son fácilmente demostrables. Una pata de conejo, es una pata de conejo, o un muñeco de peluche que te regaló no sé quién, estas cosas no son mágicas y no tienen poder sobre nada, pero a algunas personas les producen unos sentimientos difíciles de discutir. El sentimiento que produce un equipo deportivo al que seguimos desde la infancia, que por mucho que pierda y cometa errores, nunca dejaremos de creer que es el mejor. Siempre tendremos una explicación para sus fallos, pero nunca cederemos en una discusión. Cualquier discusión que entre en estos territorios será tiempo perdido. Solo debemos seguir adelante si no tenemos ningún interés en demostrar nada, solo por diversión; cualquier otro objetivo será vano y sin resultados.Pero sabiendo esto, a todos nos gusta discutir. A veces incluso defendemos algo en lo que no creemos, simplemente por crear polémica y a sabiendas de que tu argumento no se sostiene. Todos llevamos un tertuliano dentro, todos sabemos de fútbol, de cocina y de cualquier tema que alguien saque, sobre todo en la barra de un bar. Porque somos muy de bares, somos capaces de arreglar todos los problemas del mundo y seríamos unos líderes mundiales que convertirían este planeta en un lugar mucho mejor.
Hoy os voy a hablar de una novela del año 2005, ya lo sé, queréis cosas más actuales, pero soy un poco viejo y me gusta hablar de las cosas que me han apasionado en mi vida. Puedo deciros, que «El guardián de los arcanos» de Paul Sussman os puede hacer pasar unos ratos muy entretenidos con una novela llena de conflictos y esperanza, de aventuras y acción.
Un thriller arqueológico que combina elementos históricos y
de misterio. La historia comienza en el año 70 d.C., cuando las legiones
romanas del general Tito irrumpen en el templo de Jerusalén, saqueando sus
tesoros. Solo un hombre y un objeto escapan al pillaje.
Dos milenios después, el hallazgo del cadáver de un anciano
europeo en una necrópolis egipcia y una carta anónima con la fotocopia de un
manuscrito medieval indescifrable ponen a un inspector egipcio, una periodista
palestina y un policía israelí sobre la pista de un misterio de gran fuerza
simbólica que podría desatar una espiral de violencia en Oriente Próximo.



Pues me apunto el libro amigo Guillermo, yo soy muy de enigmas , arqueologias y aventuras
ResponderEliminarEspero que te guste tanto como a mí.
ResponderEliminarLeído el libro que propones, una pena que la realidad se haya impuesto a la ficción y seamos incapaces de conseguir esa Paz tan deseada
ResponderEliminarYo no pierdo la esperanza, sé que queda gente buena y comprometida que algún día despertará.
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